De cifras a conexiones: redefiniendo el valor de la lectura
De cifras a conexiones: redefiniendo el valor de la lectura
En los primeros días de 2025, he notado una avalancha de publicaciones sobre la cantidad de libros que se leyeron el año pasado. En uno de esos posts, alguien afirmó haber leído 106 libros, y los comentarios no tardaron en aparecer, dudando de semejante hazaña.
No sé si esto es cierto o no, pero parece que cada persona siente la necesidad de demostrar que ha leído más que otra, lo que me lleva a reflexionar sobre el hecho de que la lectura parece seguir siendo, en muchos sentidos, una carrera de consumo, un fenómeno cimentado en un halo intelectual.
Cuando te dedicas a promover la lectura entre aquellos que nunca han puesto un pie en una librería por sentir temor e intimidación ante la inmensidad de los títulos, resulta complicado erradicar la idea de que leer es un acto accesible para todos. La lectura es fundamental para la mente, el alma y el conocimiento, ya que nos ayuda a comprender el mundo y, sobre todo, a conocernos a nosotros mismos.
Hacerles entender a esas personas que son el recurso más valioso en una librería o una biblioteca, porque tienen el potencial de hacer algo significativo, es complicado cuando la sociedad insiste en que leer es un acto elitista y que leer más te sitúa en una superioridad intelectual respecto a los demás. ¡No, señor!
Ese mensaje está distorsionado. La lectura no te hace superior a los otros; te hace mejor en comparación contigo mismo antes de haber comenzado a leer. No debería existir comparación entre los lectores basada en la cantidad de libros que consumen, sino en sus propias convicciones, integridad y valores. Esa es la verdadera medida de la lectura, pero siempre en relación contigo: ¿Quién era yo hace un año? ¿Qué he cambiado y por qué? ¿En qué temas he cambiado mis posturas? La vida sin duda ofrece motivos para el cambio, pero los libros, de manera sutil, pueden inducir transformaciones en nuestra forma de pensar. Tan sutiles que, en ocasiones, ni siquiera somos conscientes de ellos.
La lectura no debería ser una competencia basada en volúmenes. A veces, solo se logra leer un libro al año, pero ese libro puede ser el que te ayude a pensar y a comprender mejor el mundo, a aceptar su diversidad; esto le otorga un inmenso valor a ese año. Otras veces, se pueden leer cincuenta, pero solo un par de ellos dejan una huella entrañable y memorable.
En una ocasión, con uno de mis grupos de lectores de cuarto de primaria que acababa de terminar de leer “Semillas” de Paul Fleischman, me encontré con un grupo visiblemente descontento. No se sintieron identificados con los personajes, consideraron la historia aburrida y argumentaron que no tenían relación con sus vidas. Sin embargo, tras una charla literaria en la que diseccionamos la obra, explorando los puntos interesantes y debatiendo ideas, lograron reconocer y comprender mejor lo que habían leído.
Después de apenas una hora, escuché a esos mismos niños expresar que habían cambiado su opinión y que, de hecho, ahora consideraban que era un gran libro que les había encantado.
Ese año, esos chicos leyeron mucho más, pero eso no es lo más relevante. Cuando se sumergieron en “Semillas”, algo verdaderamente cambió en ellos. Ese es el volumen que realmente cuenta: el que los convirtió en pensadores críticos sobre las diferencias entre las personas, el que les permitió analizar sin temor, el que los invitó a expresar sus opiniones y les hizo sentir, a través de la ficción, la injusticia, la lucha y el sentido de comunidad que la obra esboza. En una hora ellos estuvieron redefiniendo el valor de la lectura sin saberlo.
De este tipo de volumen es del que se puede presumir. Y es cierto, para llegar a un libro que nos conmueva hasta lo más profundo, a menudo debemos explorar muchos otros, pero definitivamente, no se trata de una competencia por la cantidad.
Leer es, con rigor, un acto solitario, incluso cuando lo hacemos en grupo o en círculos de lectura. Por ello, lo que obtenemos de las páginas no puede medirse en términos de volumen de tinta y papel. Para algunos, las breves páginas de “El laberinto de la soledad” de Octavio Paz pueden ofrecerles más que las más de 900 páginas de “Las trampas de la fe”, con las que se hizo merecedor del Nobel.
¿Sabes cómo puedes saber que realmente estás redefiniendo el valor de la lectura? Bueno, muy fácil: ve a tu librero y revisa los títulos que has leído años atrás. Te encontrarás con unos que recuerdas muy bien, otros que recuerdas que no te gustaron y otros de los que ni te acordabas que ya lo leíste. Sin embargo, encontrarás algún libro que, aunque leíste, tal vez no lo entendiste bien en ese momento. Piénsalo. Si es necesario, vuélvelo a leer. Pregúntate lo que sea necesario en relación a tu lectura de hace años con la de ahora. Tal vez el libro no te guste, pero ahora sabrás por qué o cambies tu perspectiva con respecto a tu propio gusto, quizás tengas un momento de: ah, ya entendí esto. ¿Me explico? Así es como se cuentan las lecturas, no en números de libros ni de páginas ni de kilos de letras.
Sólo entendiendo desde dentro de nosotros, sabremos el exacto significado de que estamos redefiniendo el valor de la lectura.
La lectura nunca debería ser una competencia. Deberíamos detenernos en esta necesidad de contar cifras para impresionar a otros. En lugar de decir cuántos libros hemos leído, reflexionemos sobre cuáles de esos 1, 2 o 500 volúmenes nos hicieron reflexionar o transformar nuestras posturas, nuestras ideas. ¿En cuántas encontramos cosas que no imaginábamos? Identifiquemos cuáles nos conmovieron, cuáles nos llevaron a una comprensión más profunda del mundo, cuáles nos hicieron reír o llorar.
Propongámonos un reto distinto, uno más simple: el reto de leer. Así, simplemente.
Cuéntame tú, ¿qué opinas?